Una Fe que piensa: doctrina para jóvenes que buscan respuestas.
- mentesdegobierno
- 14 may
- 5 Min. de lectura
Irene Albornoz
Cuando escuchamos la oración “una fe que piensa” muchas ideas pueden venir a nuestra mente. Si les pasa como a mí, en un principio hasta les puede sonar extraño la combinación de la palabra fe con la acción de pensar, porque muchas veces creemos que la fe no se piensa, que simplemente es algo que está en nosotros y, sin que le pongamos nuestra completa atención, existe.
Como se nos habla en el conocido pasaje de Hebreos 11:1 (Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve), muchas veces nos ha jugado en contra reducir nuestro entendimiento sobre la fe al resumen que el escritor de la carta nos habla. Sí, la fe es algo que no vemos, algo que nace desde nuestro interior con tanta convicción y seguridad que muchas veces no pensamos, pero ese es solo el primer escalón de una fe que se nos está invitando a experimentar.
Si me acompañan por los próximos minutos y nos tomamos el tiempo suficiente, podremos extraer de este título tan breve pero cargado con tanto sentido, el desarrollo y la construcción necesaria de este pensamiento para comprender cuál es la profundidad a la que el Señor nos está convocando como generación.
“Una fe que piensa: doctrina para jóvenes que buscan respuestas”
Para dedicarle a cada concepto las palabras necesarias, me tomaré el atrevimiento de dividir este blog en dos partes y comprender juntos esta hermosa realidad que iremos descubriendo:
→ “Una fe que piensa”.
Cuando escucho esta frase lo primero que viene a mi mente es movimiento, por lo que podríamos decir que podemos interpretar esta oración con los siguientes aspectos:
No estamos hablando de algo quieto o estático, sino de algo que tiene vida y dinamismo.
El término pensar nos lleva a entender que las preguntas, la reflexión y el buscar entender están en el asunto.
Y así la primera idea toma un fuerte sentido: el tipo de fe de la que se nos está hablando es diferente al concepto con el que tal vez hemos crecido, aquí se nos presenta una fe que no está relacionada a la pasividad del solo ser sino que, en cambio, busca entender.
Por mucho tiempo creímos que la palabra pensar era enemiga del vocabulario cristiano, porque “la fe no es algo que se piensa sino que simplemente se siente”, pero el Señor nos está llevando a un tiempo donde esa brecha que existía entre la fe y nuestra parte racional es derribada, recordándonos que Él mismo nos dió una mente para que aún en ella y en nuestros pensamientos podamos conocerlo más.
El acto de pensar nos indica vida y movimiento, una fe que piensa no pierde profundidad por cuestionarse, sino que por el contrario, la gana al hacerse preguntas, reflexionar y buscar conocer más.
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Romanos 12:2 RV 1960
En este versículo el apóstol Pablo nos da una fórmula clave para comprender esto que estamos hablando. No se nos habla de quedarnos igual, sino de transformación y renovación de la mente, hay un fluir constante. Una fe que piensa no se conforma con repetir, sino que discierne, procesa y crece. Y como resultado de este movimiento de vida podremos comprobar cuál es la buena voluntad de Dios.
Por tanto tiempo se ha atacado a la mente que hemos olvidado que el Señor nos ha dado en ella el motor para seguir avanzando, por que quien no se pregunta, no cuestiona y no desea conocer más, inevitablemente cae en el estancamiento.
Si tomamos un diccionario y buscamos el verbo pensar, podremos encontrar diferentes definiciones como:
Formar o combinar ideas o juicios en la mente.
Examinar mentalmente algo con atención para formar un juicio.
Y es aquí donde entramos a la siguiente parte:
→ “Doctrina para jóvenes que buscan respuestas”
Si buscamos en internet la definición de doctrina, se nos habla de que es un sistema estructurado de principios, ideas o concepciones teóricas que se enseña como verdaderos o fundamentales en un determinado campo del conocimiento, y pueden abarcar diversas áreas del pensamiento humano.
Cuando hablamos de doctrinas nos referimos a un conjunto de valores, conceptos, maneras, creencias, enseñanzas y muchos aspectos más que, directa o indirectamente, nos direccionan a vivir nuestro día a día. Podemos imaginarlo como un mapa en nuestra mente que, con el paso del tiempo, ha absorbido información y fue tomando forma a lo largo de nuestra vida.
Ahora la pregunta es ¿Cuál es su función?
Así como un mapa, lo que nosotros creemos será la base de datos a la que recurriremos a la hora de tomar una decisión, de hacer una acción o de simplemente estar. Nuestra doctrina define en gran manera cómo vivimos y cómo actuamos, porque es lo que define de manera parcial cómo entendemos el mundo y qué consideramos positivo y negativo.
Con el tiempo se le ha dado un mal uso a la palabra doctrina y, cada vez que la escuchamos, lo primero que pensamos es que la doctrina es algo frío y rígido, que una vez que se formó no hay forma de cambiarla. Pero en la Palabra podemos ver cuál es el diseño que Dios pensó para esto.
Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Hechos 2:42 RV1960
En este pasaje de Hechos podemos ver la verdad de la doctrina: no es algo que se hereda o se impone, sino que se aprende y vive.
La sana doctrina, a la cual estamos llamados a vivir, es edificación, es coherente y no se distorsiona. No se trata de un sistema cerrado para no pensar, es una enseñanza que guía, forma y da base para todas las preguntas que tengamos.
Y es aquí donde podemos ver lo íntimamente relacionados que están estos conceptos: pensar desde la fe nos lleva a construir una doctrina que sea nuestra fuente a la hora de manejarnos en el mundo como embajadores de Cristo.
Como generación, estamos entrando a un nuevo tiempo donde ya no hay tolerancia hacia lo superficial. Las respuestas de “porque sí” ya no son suficientes. No alcanza con saber qué creer, sino entender por qué y cómo podemos llevar esto a la práctica.
Una fe que piensa nos lleva a ser conscientes de la vida que nos habita, y en ese proceso, a construir una doctrina sana y coherente que cada día le da sentido a nuestra forma de vivir. No se trata de cuestionar para desestimar, sino de buscar realmente poder comprender para hacerlo una realidad en nuestras vidas.
Los animo a que en los próximos días sea el Espíritu Santo inquietándonos y llevándonos a examinar cómo estamos viviendo nuestra fe: ¿lo hacemos desde el piloto automático o desde un deseo genuino de conocerlo más?
Cualquiera sea tu respuesta, pensar desde la fe es un acto al que podemos recurrir cada día y no depende de otra cosa más que de un corazón hambriento y deseoso de ir más profundo.


Comentarios