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El evangelio que se ve y no solo se escucha

Dina Ramis


Me crié con la frase “guardar el testimonio” el cual era un sinónimo de aparentar, reprimir y ocultar. 


El testimonio era algo que se veía, pero no se sentía. Era algo notable desde el exterior pero inexistente en el interior.


Desde la adolescencia, guardar ese testimonio fue una carga pesada, una frustración profunda. 


Aparentar una vida que no vivís, es casi tan asfixiante como intentar respirar por mucho tiempo bajo el agua. Podemos tener más o menos resistencia, pero en algún momento, todos necesitamos salir a la superficie a respirar. 


Querer guardar el testimonio desde nuestras fuerzas, desde nuestro “querer hacer para agradar”, desde sólo haberlo oído del Señor sin que no se nos haya revelado realmente la increíble belleza del testimonio y el poder que hay en ella, nos lleva a buscar una aprobación externa, una apariencia perfecta, una vida plena desde el esfuerzo humano. 

Activismo sin dirección, escenarios sin ministración, palabra sin profundidad. 


Lamentablemente, esas palabras sacadas de contexto y mal usadas, solo llevan a un camino: estar vacíos de Cristo. 


¿Te sentiste estancado, esforzándote por vivir aquello que tanto escuchás?


La acción de “Guardar el testimonio” no es algo malo y estoy segura que ese pensamiento muchas veces nos llevó a cuidarnos de no hacer cosas que no debíamos, pero si esto no es producto de una experiencia con el Señor, de ir más profundo en Él para que el nos moldee, siempre será una acción forzada y algo superficial.


De oídas te había oído…


La historia de Job me lleva a pensar en esto. 

No sólo fue algo que le dijeron, ni algo que escuchó, él realmente experimentó la pérdida en todas las áreas de su vida. 

Muchas veces vemos la pérdida como un sufrimiento ante nuestros ojos, pero

Job no estaba siendo torturado, estaba siendo vaciado. 


En la región de Uz había un hombre recto e intachable, que temía a Dios y vivía apartado del mal, este hombre se llamaba Job” - Job 1 NVI 


Job era un hombre respetado, destacado por ser un gran siervo de Dios. 

Era el siervo modelo, el que todos aspiramos a ser.  Aquel de quien Dios mismo, el creador de los cielos y la tierra, decía: “no hay nadie en la tierra como él”.


No quiero enfatizar todos los procesos por los cuales tuvo que pasar (que fueron muchos) sino que, al terminar de ser vaciado de todo, tuvo una conversación con Dios. Una que lo llevó más profundo. Una conversación que no lo dejó igual que antes, sino que lo llevó a examinar los rincones más profundos de su corazón, donde reveló lo que allí había: orgullo. 


Cuando leía este libro, recordaba mi adolescencia. No se si te pasó, pero por años me sentí atascada en mi relación con Dios. En mi corazón había un anhelo por agradarle, por hacer su voluntad, por salir aprobada, pero cuando venía el día malo, cuando se acercaba la tormenta, todo comenzaba a desmoronarse. Poco a poco, comenzó a crecer la frustración, que siempre venía acompañada de la comparación. 


Comencé a mirar a mi alrededor, en vez de verlo a Él. 


Implementé sin darme cuenta, lo que había aprendido de chica: tenía que “guardar el testimonio” . Esto se traducía en:

  • Cambios desde mi propio esfuerzo que traían resultados con fecha de caducidad

  • Religiosidad disfrazada de servicio

  • Falta de oración por vergüenza

  • Falta de comunión por orgullo. 


Todo era desde mis fuerzas, desde el querer ser perfecta para agradar a las personas. Mi visión estaba siendo velada por mis propios cuestionamientos y formas de querer hacer las cosas. No veía, pero escuchaba. No entendía, pero repetía. No vivía, pero aparentaba. 

Aunque no salía de mi boca, en mi corazón, comencé a cuestionar en cada paso a Dios.


Hasta que un día, por su gracia y gran amor pude entender que no hay Job 42 sin un Job 38. Los invito a que puedan leerlo.

 

La respuesta de Dios a Job fue un como un estruendo, que trasladó a Job desde el oír al ver. “Yo soy el Señor y te daré a conocer quien soy”


Job de oídas había oído al Dios de su padre. 

Lo había obedecido con mucho esfuerzo, había sido fiel a sus mandamientos, su vida era agradable ante los ojos del Padre. Sin embargo, el ser vaciado en absolutamente todas las áreas de su vida le permitió experimentar a Dios de una forma superior, de una forma que penetra hasta los tuétanos y va hacia lo más profundo de nuestro ser. Dios se le reveló como Su Señor. 


“..mas ahora, mis ojos te ven” 


No hay forma de reconocerlo sin antes haberlo experimentado y haber reconocido Su Señorío, y no hay forma de experimentarlo y reconocer Su señorío en nuestras vidas, sin antes ser vaciados de nosotros mismos. 


El ir a la cruz no es una frase para utilizarla cuando nos cuesta perdonar a alguien, cuando algo no nos gusta. El ir a la cruz es vaciarnos de nosotros mismos, para ser llenos de Cristo. 


Verlo a Él en medio de todas las circunstancias y reconocer Su señorío, nos permite dejar la frustración de aparentar y poder entrar en el gozo de expresar aquello que nos consume: Su vida. 


El Señor no nos llama a guardar el testimonio como algo externo y aparente, ni que lo hagamos de una forma forzada, sino que es una naturaleza que crece cada vez que lo vemos a Él (2 Corintios 3:18), de haberlo experimentado, de haber sido vaciados de todo lo que no es Cristo, para ser un fiel reflejo e imagen de Él. 


Guardar el testimonio no es una carga pesada ni imposible, guardar el testimonio es un privilegio y un gozo incomparable. Ya no lo hacemos desde la posición de siervos, lo hacemos desde la posición de Hijos. Y como hijos que hemos visto y experimentado el amor, la bondad, el descanso, la paz, la provisión y el cuidado del padre, es nuestro anhelo ferviente ser una carta leída para que todo el mundo vea y crea. 


El testimonio no sólo se escucha, el testimonio se ve y es una manifestación de una vida que crece dentro nuestro. 


Lo más hermoso es saber que no hay fórmulas mágicas para que esto crezca. No hay que hacer, no hay que forzarlo, no hay que encajar en modas, ni tener capacidades meramente humanas. Su vida en nosotros nunca dependió de nosotros, fue sólo por la cruz y la sangre de Jesus


Para que esa vida crezca, necesitamos contemplarlo a Él, porque mientras lo miramos,

somos perfeccionados y eso no solo se escucha, eso se ve.

En la cruz, todos los velos nos fueron sacados (2 Corintios 3:12-17) 


¿Qué distracciones son las que hoy te impiden contemplarlo?


"Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad"  

En la cruz, todos los velos fueron removidos y fuimos libres de todo lo que nos esclavizaba. Ya no hay nada que nos impida contemplarlo. Solo debemos presentarnos con un corazón humilde y humillado, que quiere ser vaciado de todo lo que no sea Cristo y para ser lleno de Él.


Somos el testimonio en cada área de la sociedad de un amor que consume, moviliza y transforma.


Somos el testimonio de una generación con propósito que anhela y ama obedecer al Padre, porque lo que hemos visto de Él nos cautivó de tal manera, que entregar nuestra vida a Su causa es nuestro mayor deleite.


Somos el testimonio de esperanza a una generación angustiada, desesperada por encontrar a aquel que lo llena todo, tratando de esconderse en diferentes modas. Una generación huérfana, que busca desesperadamente ser abrazados por Su amor.


Somos el testimonio de una generación que no se permite “guardarlo”, que no negocia la Vida, que no se queda en la superficie de lo que un día escuchó, sino que eligió ir más profundo en Su persona, más profundo en Su amor.


 
 
 

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