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Valentía Espiritual: Recuperando la Pasión por Anunciar a Cristo

Adriel Crivello


Un jóven creyente entra cada mañana a la universidad, ama a Cristo, ora diariamente, también lee su biblia, pero cuando surge una conversación sobre fe, ética o propósito, algo dentro se contrae, no quiere quedar como “el religioso”, tampoco quiere incomodar, así que simplemente, sonríe… y calla.

No es que haya dejado de creer, simplemente aprendió a separar su fe de su voz.

Ese silencio, repetido muchas veces, termina enfriando la pasión.

Y allí es donde la Iglesia necesita recuperar algo esencial: valentía espiritual.

La valentía bíblica no es tener un temperamento fuerte, ni personalidad extrovertida, tampoco tiene que ver con no tener miedo. Es fe y obediencia sostenida por el Espíritu.


Nuestro querido Ap. Pablo escribió:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.” (2 Timoteo 1:7)


Aquí vemos que la valentía espiritual no es agresividad religiosa, es firmeza con amor, claridad con dominio propio, convicción sin arrogancia.

Cuando el Espíritu Santo gobierna nuestros corazones, la fe deja de ser privada para volverse proclamada.


En el libro de los Hechos encontramos creyentes que enfrentaban amenazas reales y, desde chico, siempre me llamó la atención su oración. Ellos no oraron para que cesara la oposición, no oraron para que le dejaran de golpear y dar con el látigo, sino que ellos oraron por denuedo, esa valentía santa que sólo el Espíritu da para no callar la verdad.


“Concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra.” (Hechos 4:29)


Y el resultado fue inmediato:


“Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.” (Hechos 4:31)


La llenura del Espíritu fue la que produjo proclamación. Aquí podemos ver que nunca se trató de un tema de activismo, sino de desborde. No es el esfuerzo por hacerlo, es el conocerlo más y más, para que esa llenura se convierta en desborde que salpique a otros.

Porque la realidad es esta: nadie puede dar de lo que no tiene, y nadie puede anunciar con pasión aquello que ya no contempla.  La pasión por anunciar a Cristo no desaparece de un día para otro; se apaga lentamente cuando dejamos de mirarlo a Él. Cuando eso sucede, el asombro por la cruz se vuelve rutina, la comunión se vuelve mecánica y la aceptación social empieza a pesar más que la fidelidad al Señor.


Jesús advirtió con claridad:


“Si alguno se avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles” (Lucas 9:26)


Esto amados, no es una amenaza para generar culpa, es una verdadera invitación a ser coherentes. Si Cristo transformó nuestra vida por completo, si Él nos hizo nuevos, si El murió por nosotros y nos dio TODO, ¿cómo podría su nombre volverse irrelevante en nuestras conversaciones?


Pablo declaró:


“Porque el amor de Cristo nos constriñe…” (2 Corintios 5:14)


Pablo no dijo que la obligación nos presiona; dijo que el amor nos impulsa. Y ahí está la clave: la evangelización nunca fue pensada como una estrategia de marketing de la iglesia o una tarea para cumplir en la agenda ministerial. Es, simplemente, el desborde de un corazón que fue conquistado por Él.


Cuando terminás de entender lo que realmente significa el perdón, cuando te cae la ficha del precio que Él pagó en la cruz por vos, hablar de Cristo deja de ser un 'tengo que' y se convierte en un 'no puedo evitarlo'.


Sé que muchos callamos, y no es por falta de fe, sino por ese nudo en el estómago: el miedo al rechazo, a quedar como un ignorante o al qué dirán. Pero la valentía bíblica nunca fue la ausencia de ese nudo; fue la decisión de creer y hablar aunque las manos nos tiemblen.


A Josué se le repitió:


“Esfuérzate y sé valiente… porque Jehová tu Dios estará contigo.” (Josué 1:9)


La base del valor no es la autoconfianza, sino la presencia de Dios. Nosotros amados, no somos como Josué, Cristo ahora habita nuestros corazones, Cristo está en vos, y de allí nace la valentía espiritual, de la certeza de que Cristo está con nosotros.

Cuando Jesús comisiona a los discípulos y les dice:


“Id por todo el mundo y predicad el evangelio…” (Marcos 16:15)


Nunca fue una misión opcional para algunos pocos, siempre fue parte del ADN de la Iglesia.


La fe que se vive puertas adentro termina volviéndose introspectiva y, a veces, un poco fría. Pero algo sucede cuando nos animamos a compartirla: la fe se fortalece al ser entregada. Proclamar el evangelio no es solo un favor que le hacemos al otro, es un regalo para nosotros mismos porque nos obliga a renovar el asombro. Al compartir nuestro testimonio, la gratitud se reactiva; volvemos a pasar por el corazón lo que Él hizo en nuestra vida. En definitiva, cada vez que hablamos de Cristo, recordamos por qué lo amamos y ese amor se vuelve a encender.


Esa pasión por Cristo y por Su Palabra no es algo que cae del cielo por ósmosis; es algo que se cultiva en lo cotidiano.


A veces pensamos que para ser valientes necesitamos un púlpito o un micrófono, pero la realidad es que un corazón dispuesto es más que suficiente. La valentía espiritual se ve en lo pequeño: en animarte a tener esa conversación sincera, en compartir tu historia sin filtros o en ofrecer una oración por alguien ahí mismo, en el momento exacto donde el otro está sufriendo.


No busquemos grandes hazañas de un día para el otro. Son esos pequeños actos de fidelidad diaria los que, casi sin darnos cuenta, van construyendo una vida de verdadera valentía.


Considero que cada generación enfrenta su propia presión. Algunas enfrentaron persecución abierta. Otras enfrentan indiferencia sofisticada. Hoy, muchas veces, el mayor enemigo no es la violencia sino el silencio cultural, al menos aquí.

Sin embargo, el evangelio no ha perdido poder.


“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación…” (Romanos 1:16)


El mensaje sigue siendo vida. Cristo sigue siendo suficiente. El Espíritu sigue siendo poderoso.


Al final del día, creo que el Señor nos está llamando a ser una generación de hijos que simplemente se atrevan a ser coherentes. No necesitamos gritar con arrogancia para ser escuchados, pero tampoco podemos permitir que el miedo nos enmudezca.


Anhelo ver a jóvenes que, en sus facultades, en sus trabajos y en sus casas vivan con una integridad que hable por ellos, y con palabras que no tengan miedo de decir la verdad.


No necesitamos ser perfectos ni tener todas las respuestas de un manual de apologética. Lo que necesitamos es estar profundamente convencidos de que Cristo vale mucho más que nuestra reputación. La historia del Reino nunca la escribió gente que no tenía miedo; la escribieron personas que, aun con las piernas temblando, decidieron que Su nombre era más importante que su propia comodidad.


Vemos en las escrituras, que: Cuando el amor por Cristo arde, el mensaje fluye. Cuando el Espíritu llena, el denuedo aparece. Cuando la eternidad pesa en el corazón, el silencio se rompe.


Nuestra generación no necesita una Iglesia más sofisticada, necesita una Iglesia más valiente. No busquemos ser tendencia, busquemos ser testimonios, cartas leídas, que expresan una vida y una verdad profunda.


Por eso, mi oración es que no seamos recordados por nuestra comodidad espiritual o por cuán bien nos adaptamos al silencio, sino por nuestra fidelidad innegociable.


Que cuando el mundo mire hacia atrás, vea a un grupo de hombres y mujeres que, aunque temblaban, no callaron. Porque cuando la eternidad pesa en el corazón, el silencio simplemente se rompe.


La valentía no empieza con un gran evento amados; comienza mañana por la mañana, con esa primera conversación que decidas no evitar. Cristo vale el riesgo.


 
 
 

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