La Generación que se Forma con Biblia Abierta y Corazón Rendido
- mentesdegobierno
- 9 abr
- 5 min de lectura
Kevin Hotton
Cuando leía “una generación que se forma”, pensaba en la forma de las cosas. Nosotros fuimos creados con una forma predeterminada, el arca tenía su forma, el tabernáculo, los templos, etc. Cuando algo se “forma”, no puede hacerlo de manera libre. Necesita una dirección, parámetros, guías, etc. Si tomamos como ejemplo un árbol, sabemos que cuando este crece lo hace de una manera que no puede ser alterada. Primero es una semilla, luego se da una combinación fértil entre el suelo, agua y aire para que comience a germinar, luego van creciendo las raíces y por último, el tronco irrumpe de la superficie y comienza a tomar la forma que todos conocemos. No nace primero la hoja y luego el tronco, sino que todo respeta un proceso, una “forma”. Hablando en ámbitos educativos, cuando nosotros nos formamos también lo hacemos de acuerdo a un plan de estudio, a la filosofía de una institución, etc.
Nosotros, aunque no nos demos cuenta, estamos en constante formación. En cada ámbito y actividad que participemos, estamos siendo formados e influenciados por diversos factores (social, educativo, amistades, relaciones, entre otras). Entonces, ¿no creés que es necesario rever en qué y cómo nos estamos formando?
“¿Cómo puede el jóven llevar una vida íntegra? Viviendo conforme a tu palabra” Salmo 119:9
El primer versículo que el Señor traía a mi mente es ese. La idea no es extraer sólo ese versículo, los animo a leer ese capítulo desde el verso 1, pero vamos a señalar algunos en particular:
“Dichosos los que van por caminos perfectos, los que andan conforme a la ley del Señor” v1
“Tu has establecido tus preceptos, para que se cumplan fielmente” v4
“¡Te alabaré con integridad de corazón, cuando aprenda tus juicios justos” v7
En tres versículos, el escritor está marcando una idea: El Señor, mediante las escrituras, nos dejó un estándar, una medida, guías que debemos conocer y ser formados en base a eso.
Si nosotros nos formamos en base a lo que Dios ya dijo e instituyó mediante su palabra, entonces los frutos también serán de acuerdo a ese estándar. Vamos a un ejemplo sencillo: si compro un mueble que viene con sus instrucciones de armado correctas, entonces yo puedo esperar que el resultado sea el esperado. Ahora, ¿qué pasa si yo compro un mueble pero no leo sus instrucciones de armado? El resultado puede ser opuesto a lo que se esperaba. Ahora llevemos este principio a nuestra vida espiritual: Si fuimos diseñados a su imagen y semejanza, pero no nos ocupamos de leer su palabra y conocerlo en profundidad, será imposible que vivamos en la realidad que Él quiere.
Acá es donde nace nuestra urgencia: Debemos ser formados en Su palabra.
No dejemos que la lectura de la palabra se vuelva algo más de la rutina, sólo un versículo lindo para subir a mis redes o algo a lo que acudo sólo cuando estoy pasando un momento difícil. La palabra tiene la autoridad de moldear y transformar nuestros pensamientos y acciones.
Como resumen, sabemos que debemos dedicar nuestro tiempo en leer la palabra para formarnos en lo que Él es y darle ese lugar transformador que las escrituras tienen en nuestras vidas. Pero, como si eso no fuera motivo suficiente, dejame decirte algo aún más inquietante… Si no nos formamos en la palabra, lo estamos haciendo en algo más. El lugar que en nuestra vida no es ocupado por el Señor, algo más lo está ocupando y ahí, es donde otras cosas, pensamientos o acciones toman el lugar que le corresponde al Señor.
Hasta ahora entendimos la importancia y urgencia de ser formados en Su palabra, pero dejame decirte que eso no es todo. No basta sólo con leer su palabra, sino que necesitamos ver con qué actitud la leemos.
Si leemos Mateo 13:1-23 (parábola del sembrador), podremos explicar de manera clara este principio. En esta historia, Jesús explicaba a sus discípulos que un sembrador salió a sembrar y se dedicó a esparcir sus semillas por el campo. De esas semillas, sólo ¼ pudo dar cosecha. Una particularidad de esta historia, es que la semilla era la misma. No fue ineficiente la cosecha porque eran distintas las semillas, sino que lo que hizo la diferencia fue el estado del campo donde cayeron esas semillas. Entonces, es importante que consideremos esto como algo a atender en nuestra vida. Si seguimos con este paralelismo, veámonos a nosotros como los tipos de tierra y a Cristo como la semilla. Sabemos que Cristo nunca será el problema o la causa de que no veamos frutos, así que debemos considerar qué tipo de tierra somos para que la vida del Señor crezca en nosotros. El mensaje del Señor es claro: si la semilla encuentra una tierra fértil, crecerá.
Ahora, ¿Cómo podemos nosotros ser esa tierra que permita el crecimiento de la semilla?, mejor dicho: ¿Cómo podemos permitir que Cristo crezca en nuestras vidas?
“El sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado; tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido”. Salmo 51:17
“Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus senda. No seas sabio en tu propia opinión; más bien, teme al Señor y huye del mal. Esto infundirá salud a tu cuerpo y fortalecerá tus huesos”. Proverbios 3:5-8
Si no tenemos un corazón humilde, El Señor no podrá trabajar en nuestras vidas. Esto lo vemos presente en la vida de Jesús, antes de que este fuera crucificado cuando dice: “Que no sea mi voluntad sino la tuya”. Ese mismo corazón es el que debemos tener para crecer en Él.
No basta sólo con leer y meditar su palabra, sino que es necesario darle ese carácter de gobierno que fueron diseñadas para tener en nuestra vida. Incluso, me resulta imposible no pensar en este momento en personas como el apóstol Pablo que, teniendo todas las facultades y cualidades necesarias para gloriarse, él estimaba todo por pérdida por seguir conociendo al Señor. El no buscaba otra cosa más que, mediante un corazón rendido, dejar que el Señor lo forme y transforme.
“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.” Hebreos 4:12
Ese es, amados, el fruto esperado de la palabra. Una palabra viva y eficaz que penetra hasta partir el alma y el espíritu, pero que cuando crece en nosotros, el resultado es que da fruto al al treinta, sesenta y hasta cien veces más (Mateo 13:8)
Por último, déjenme remarcar este énfasis: Esto no es algo opcional en nuestras vidas, debe ser algo gubernamental e innegociable para todos nosotros si queremos ir más profundo en Él.
Seamos una generación formada y cimentada en la palabra que anhela día a día ir más profundo en el conocimiento del Padre, no dando lugar a las cosas vanas, sino que se presenta con un corazón rendido para que Cristo pueda crecer en nosotros.
Los animo a que podamos meditar, profundizar y poner en práctica lo compartido hoy.
¡Paz del Señor para todos!


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