Discerniendo los "Evangelios Light" que engañan a nuestra sociedad
- mentesdegobierno
- 15 ene
- 5 Min. de lectura
Axel Bogdan
Qué importante y tan valioso es vivir entendidos en los tiempos, ser conscientes de la
realidad a la que fuimos llamados a vivir, porque es esa comprensión la que nos
devuelve la coherencia para poder ser todo lo que Dios está esperando.
Discernir es conocer; es más que un sentimiento que podamos llegar a tener. Es una
certeza que el Señor puso en nosotros para poder entender y expresar el diseño de
Dios en la tierra, aquello para lo cual fuimos llamados. Como lo menciona el apóstol
Pablo en Filipenses:
“No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir
aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús.”
Bajo este lente podemos entender que hay algo mucho más grande que nosotros. Sin
visión, sin discernimiento, no podremos caminar conforme al diseño.
Existe un plan que es perfecto, el cual el Señor preparó incluso desde antes de la fundación
del mundo:
“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin
mancha delante de él” (Efesios 1:4).
Dios lo pensó todo. Diseñó una realidad que, en el principio, estuvo sumergida en un
tiempo y espacio espiritual (Edén), pero que, en su mismo plan, su voluntad era que esta
realidad espiritual sea su Hijo, no limitada por tiempo ni espacio, sino expresada a través de
muchos hijos, siendo parte de un cuerpo cuya cabeza es Cristo.
A partir de todo esto, es sumamente importante que haya en nosotros un entendimiento
acerca de cuál es el deseo de Dios: conocer lo que Él creó y comprender que, según nos
muestra Génesis, todo fue bueno, es bueno. Todo lo que nace de su voluntad es bueno,
perfecto y agradable, porque así lo consideró Él. Todo lo que proviene de Dios lleva
impregnada su gloria, su imagen.
Responder en obediencia es consecuencia de haber aprendido a discernir.
Incluso, discernir en tiempos como los que vivimos va mucho más allá de tratar de
diferenciar entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Discernir es responder en
obediencia al Señor, anhelando mucho más que solo lo que es bueno.
Discernir no se trata de ir en búsqueda de lo novedoso, ni de ir tras aquello que está más
ligado a nuestros sentimientos o emociones. Tampoco se trata de perseguir lo viejo por el
simple hecho de que muchas veces “lo viejo funciona”
. Discernir es conocer, entender y manifestar un reino espiritual, manteniéndonos fieles a su propósito eterno. Lo único que verdaderamente funciona en esta generación, frente a los diferentes diagnósticos, es vivir en la novedad de vida.
Todo lo que responde al diseño de Dios crecerá como un fruto cargado de sustancia, y así
se hará más fácil separar lo que es de lo que no es, o de lo que solo aparenta ser. Cuando
el trigo madura, se hace visible la cizaña: aquello que aparenta, pero carece de sustancia.SEÑOR, NO DEJES QUE LA VOZ DEL ENGAÑO HABLE MÁS FUERTE QUE TU VOZ.
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).
Cuando comenzamos a reconocer su voz por encima de todo, empezamos a comprender
qué es lo que el Señor ama. Entonces se produce en nosotros un celo por lo que es de
Dios, un celo para que todo se ordene conforme a su diseño y nada pueda distraernos.
El celo es una palabra que deberíamos comprender, o permitir que el Señor se vuelva
a redefinir en nosotros. Es parte del carácter de Dios:
“Yo, el SEÑOR tu Dios, soy un Dios celoso…” (Éxodo 20:5).
Por lo tanto, este atributo debería estar en nosotros. Celar con el celo de Dios es procurar
que todo lo que Él pensó, diseñó y creó responda en fidelidad, que haya en nosotros un
deseo profundo de que su creación refleje su imagen y su gloria.
El celo, como esencia de Dios, nos devuelve a su diseño y deja en evidencia todo
aquello que no responde a su naturaleza. Así sucedió con Finés:
“Finés, hijo de Eleazar y nieto del sacerdote Aarón, ha hecho que mi ira se aparte de los
israelitas, pues ha actuado con el mismo celo que yo habría tenido por mi honor…”
(Números 25:11).
Actuó con el celo de Dios, un celo que, como menciona el salmista, lo consumió para que
la santidad delante de la presencia del Señor fuera expresada.
De este modo entendemos que el celo es fidelidad. Es comprender que el Señor demanda
de nosotros toda nuestra atención, y que, a medida que el compromiso crece, hay cosas
que ya no podemos permitirnos.
¿Quién o qué tiene mi atención?
“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” (Mateo
22:37). Jesús expone el deseo del corazón del Padre y es sumamente preciso respecto a
dónde debe estar nuestra atención. Todo lo que somos debe amar al Señor con celo y
fidelidad. El autor de Hebreos insiste en que pongamos nuestros ojos en Aquel que es el
autor y consumador de todas las cosas.
Muchas veces tenemos en claro estas verdades, conocemos su Palabra, sabemos qué es
lo que el Señor ama y qué es lo que le desagrada; sin embargo, aun así nos cuesta salir de
este “evangelio light”
. No es suficiente conocer a Dios si no estamos dispuestos a vivir
como Él desea que vivamos.
¿En qué momento este “evangelio light” produjo conformismo?
¿Cuándo se volvió tan pesada la carga que nos llevó a desistir?
Porque si recordamos su Palabra, Dios nos invita a ir a Él dejando todas nuestras cargas,
aquello que por tanto tiempo nos fue pesado, para correr esta carrera con ligereza.
Aquí está el punto clave entre nuestra cosmovisión del evangelio y la verdadera realidad del
evangelio: ¿cuánto estamos dispuestos a dejar de nosotros para que esta buena noticia sea
real y verdadera en nuestras vidas? ¿Cuánto de lo terrenal tiene hoy más valor que la
promesa que tenemos en Cristo Jesús de ser bendecidos con toda bendición espiritual en
los lugares celestiales? Si permanecemos mirando las cosas terrenales, los resultados serán terrenales, pasajeros, equivalentes a un evangelio mediocre, cargado de necesidades que ya han sido suplidas en Cristo. Pero si hemos muerto juntamente con Él, la resurrección es parte de esta buena noticia.
El apóstol Pablo lo recuerda en Colosenses:
“Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado
a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra,
pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que
es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con Él
en gloria” (Colosenses 3:1–4).
¿Cómo puedo identificar si estoy viviendo un “evangelio light”?
El evangelio es transformador; esa es su esencia y su expresión. Todo aquel que es
expuesto a la buena noticia es transformado, de gloria en gloria y de poder en poder, hasta
que la imagen y la gloria del Señor sean formadas en nosotros.
Un evangelio light produce frutos pasajeros, carentes de sustancia. En cambio, el evangelio
eterno manifiesta frutos espirituales que revelan el carácter de Dios con tal fidelidad y
exactitud que todo a nuestro alrededor es impactado, incluso al punto de que hasta una
sombra puede conectar a otros con la realidad eterna.
Por esto, el discernimiento en los tiempos que vivimos es fundamental. Tener celo y anhelo
por conocer el corazón de Dios es lo que puede librarnos de un evangelio light, hecho a
nuestra medida mediocre, y llevarnos a vivir un evangelio poderoso, sanador y
transformador; un evangelio que ama, que se entrega, que es misericordioso y que anhela
alcanzar a otros, así como en algún momento nos alcanzó a nosotros.
Oro para que podamos conectarnos con la realidad del Señor, y que un celo profundo nos
consuma para ser una expresión fiel y madura del amor eterno que hizo todas las cosas
nuevas.
Gracia y paz


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